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martes, 1 de septiembre de 2026

Septiembre

 Las vacaciones llegan a su fin y me encuentro a la orilla de la lagunita de siempre, sintiendo el abrazo frío de la tarde que anuncia la despedida. Durante todo el verano vine a buscar a mi amigo en el fondo del agua, ese pececito de oro y de plata que iluminaba mis días cada vez que salía a saludarme pegando saltitos. Admito que al principio me dolió su ausencia; cuando el agua se quedaba quieta y no venía, un nudo se me cerraba en la garganta y me sentía desgarradoramente solita, creyendo que me había olvidado. Me costó comprender que abajo, en la penumbra donde mis ojos no alcanzan a ver, él también tenía su propia vida que cuidar, su propia luz que reponer.



En este rincón he aprendido la lección más hermosa sobre el descanso y la distancia. Descansar no es un vacío ni una pérdida de tiempo; es un acto de amor hacia uno mismo. Es sumergirse en lo profundo para sanar el cansancio acumulado, aliviar las tensiones que nos pesan en el alma y regalarle al cuerpo el alivio de no tener que demostrar nada a nadie. Es soltar el ruido del trabajo, dejar de correr tras las exigencias del reloj y permitir que la mente se vuelva tan serena como esta agua al atardecer. Necesitaba esta pausa para volver a sentir el latido de mis propias ganas, para perdonar el agotamiento y volver a llenar el pecho de aire limpio.




Ahora comprendo que decir adiós al verano no es un castigo, sino la hermosa oportunidad de reencontrarme con quien soy cuando estoy llena de vida. Volver al trabajo con entusiasmo no nace de una obligación, sino de un corazón que ha sido cuidado, escuchado y mimado durante el receso. Me llevo los pulmones llenos de serenidad y el espíritu encendido, listo para entregar de nuevo lo mejor de mí, con la certeza de que la pasión solo florece cuando primero nos hemos permitido pausar.



Doy un último paso hacia la orilla, hundo los dedos en el agua y sonrío en silencio. Sé que aunque no lo vea, mi amigo de oro y plata siempre estará ahí, guardándome sus secretos más dulces para cuando el sol vuelva a calentar la tierra. Me giro con las manos llenas de paz, sintiendo que no pierdo nada al marcharme, porque regreso a mi vida más fuerte, más luminosa y profundamente agradecida por todo lo vivido.



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